Una épica ecológica, con interferencias

margot-2Después de mucho buscar y no encontrar una definición de literatura que aplicara a todas las obras literarias en todas las épocas[i], terminé cincelando (no con la precisión del orfebre, sino más bien con la tosquedad del herrador de caballos) ciertos preceptos que funcionan de a ratos. Hoy tengo la certeza de que no existe un destino único llamado Literatura, sino señales, preguntas, pistas, mapas incompletos, testimonios de quienes se perdieron, indicaciones y sugerencias probablemente útiles para pensar la mejor ruta hacia todos esos lugares que otros dijeron que eran Literatura. Incluso me animo a ir más allá: lo único que existe es la interpretación que, con mayor o menor acierto, podamos hacer de todos esos elementos indiciarios. Vaya entonces esta declaración a modo de disculpa. Creo que esta reseña de Margot y la mosca de Alicia Barberis (Colihue Joven, Buenos Aires, 2015) no debería tener más entidad que el anuncio de un vendedor de quesos en la banquina de una ruta provincial. A algunos le resultará atractivo, relevante, útil, y a otros les parecerá errado (aunque con las mejores intenciones), poco relevante o confuso: no les servirá para nada.

Sin proponérmelo, mi baquiana en la lectura de la novela juvenil que nos ocupa (al menos en parte de ese trayecto) fue María Adelia Díaz Rönner. Sus ideas sobre la literatura para chicos y su descripción de las perturbaciones, intrusiones y traiciones que otras disciplinas ejercen en el abordaje a la literatura infantil funcionaron como guía para disparar preguntas y encontrar nuevas perturbaciones análogas, ya no en los abordajes e interpretaciones que los mediadores de lectura puedan ejercer, sino en una etapa anterior: en el ejercicio de escribir a la medida de esos abordajes foráneos, destruyendo así los múltiples derroteros de lectura y las potencialidades lúdicas del texto.

Dice Díaz Rönner que la literatura infantil (¿aplicará esto mismo a la literatura juvenil?) trata de “muchas cosas que nunca están superpuestas: de las palabras y multiformas que cada escrito les otorga. Porque la literatura trata del lenguaje de sus resplandores en pugna”, y asegura que, a menudo, “se plurirramifica el tratamiento de un producto literario para los chicos abordándolo desde disciplinas que distraen el objetivo —y la especificidad, en suma— de todo hecho literario: el trabajo con la lengua que cada escrito formaliza” (Díaz Rönner, El Escenario de la literatura infantil, 2005, pág. 16). En Cara y cruz… la profesora pone el acento en el afán pedagogista y didáctico, como camino a un reduccionismo que “hace imposible el placer por lo que se oye o por lo que se lee” (2005, pág. 21).

¿Qué pasa entonces cuando estas distracciones de lo literario se proponen desde la misma concepción del libro? Probablemente estemos hablando entonces de un libro para chicos (bueno, malo, mediocre, útil para ciertos fines o afín a ciertas ideologías), pero ya no se trata de un libro de literatura infantil. Tanto en el libro ya citado, como en La aldea literaria de los niños, Rönner emplea el término “servidumbre” para describir las “utilizaciones” a que los textos se ven sometidos (desde su interpretación y desde su producción), en detrimento del potencial literario. Esos servicios, grafica Rönner, son “instruir y preparar moral y éticamente a los niños” (Díaz Rönner, 2011, pág. 103).

La mosca en la sopa
El argumento de Margot y la mosca de Alicia Barberis nos lleva a Rincón del Sol: un pueblo ubicado a orillas de un río, y bajo cuyo territorio hay islas que se mantienen en estado natural. Dicho estado de cosas se romperá al surgir la posibilidad de levantar en esas islas un emprendimiento inmobiliario, generando bandos a favor o en contra. Esta disputa abre una brecha en la familia de la joven Camila, dejando de un lado a la abuela Margot y a la propia Camila, y del otro a los padres (estos últimos alineados con el intendente, a favor del proyecto). Para ayudar a Camila, Margot y sus aliados ambientalistas, aparecerá un extraterrestre con forma de una mosca que aportará sus servicios como espía.

margot-1Barberis se mueve con destreza, pero también con bastante previsibilidad (todo sea dicho: hablamos de previsibilidad teniendo en cuenta un lector adulto o un lector joven más o menos sagaz), en las peripecias de los personajes y sus conflictos. Con un lenguaje amable, pródigo en concesiones de todo tipo para con los lectores jóvenes, la autora logra que la historia resulte entretenida, pero sobre todo que los docentes puedan rápidamente extraer de la misma un montón de temas para trabajar en clase (aspectos sociales, culturales, científicos…) sin esforzarse demasiado. En otras palabras, una aparente panacea para el docente o el mediador de lectura sin ganas de complicarse.

Dicho esto, ¿por qué creo que Margot y la mosca es un buen libro para chicos?

  1. Presenta una serie de temas de interés para su trabajo en clase, la conversación en el hogar o para confrontarlos con los diversos discursos periodísticos. Hablamos de responsabilidad para con el medio ambiente, el compromiso con los ideales, la resolución de conflictos… y de otros tópicos científicos, culturales e históricos. Algunos de estos elementos, incluso, están felizmente integrados con el relato.
  2. El lenguaje elegido es amigable, sin grandes desafíos de comprensión para el lector joven. A lo largo del relato, además, éste se encontrará con numerosos elementos que le son familiares (el uso de redes sociales y de la tecnología en boga, por ejemplo).
  3. La historia encierra un conflicto claro, que puede ser relacionado con hechos de la realidad sociopolítica del país. Los personajes, si bien arquetípicos (o tal vez gracias a ello), permiten que el desarrollo de ese conflicto pueda ser ampliamente comprendido.
  4. En general, la edición es muy buena desde lo formal, y las ilustraciones de Seba Mercau resultan no sólo funcionales, sino tremendamente expresivas y, tal vez por ello, movilizantes.
  5. Al final de la novela, la autora ofrece “Algunos datos más”, que permiten profundizar en algunas “puntas” que fue tirando a lo largo de los capítulos.

Cruzando la vereda, ¿por qué creo que es un mediocre libro de literatura infanto-juvenil?

  1. Quedan en evidencia muy rápidamente los elementos extraliterarios (didactistas, pedagógicos, ideológicos, de corrección política).
  2. También queda en evidencia la intención del autor de congraciarse con el lector, a través de los procedimientos descriptos en el punto 2 del anterior listado. Me pregunto si esto es condición necesaria para atraer a las nuevas generaciones de lectores y fidelizarlos. En la novela, todo es bastante explícito. Incluso lo lúdico está preconfigurado en la forma de acertijos o enigmas (algo que Barberis ha incorporado en varias de sus obras publicadas por Colihue[ii]), más evidente aún debido al planteo tipográfico, que hace uso (y abuso) de múltiples fonts.
  3. Tono y tema del relato resultan “políticamente correctos”. Los personajes son planos, rozando lo meramente funcional.
  4. Si bien no es necesario que una novela respete a rajatabla las reglas que podrían imponer los géneros (como la ciencia-ficción), el saltar estas reglas arbitrariamente rompe el “contrato de lectura”[iii] establecido con los lectores más experimentados. En la ciencia-ficción, ese contrato pasa a menudo por la verosimilitud en la resolución de los desafíos y de las peripecias de los personajes (es una tarea ardua, donde primero se plantean las reglas del universo en cuestión, y después se resuelve en base a esas reglas, muy al estilo de lo que propone también el policial clásico). Por momentos, Barberis juega bien este juego, ajustándose con destreza a las reglas de la verosimilitud, pero en muchas ocasiones apela a resoluciones ramplonas, extemporáneas, del tipo ad hoc.
  5. Hasta donde me fue posible averiguar, Rincón del Sol es un pueblo imaginario, y la autora no se preocupa por darle filiación alguna. La autora apela a lo largo del relato, sin embargo, a varios elementos “argentinos” (como las canciones de Luis Alberto Spinetta, o los Asambleístas de Gualeguaychú). Cabe preguntarse si esta elección resulta afortunada (y aquí no me es posible hacer ningún juicio de valor, sólo dejar la pregunta), porque termina haciendo más evidente aquello que comentábamos en el primer punto de este listado.
  6. Las mismas salvedades hechas con los géneros podrían aplicar al punto de vista (que en este caso es, predominantemente, el del espía). Ciertamente no hay obligación de respetarlos. La autora elige en al menos una ocasión cambiarlo intempestivamente (creemos que ese procedimiento busca ser humorístico), antes de elaborar una solución más ingeniosa manteniendo el punto de vista.

Es posible que tanto la editorial como la autora no pensaran en las categorías que elegimos (libros para chicos, literatura infantil/juvenil), lo cual resulta no sólo válido sino incluso deseable. Se escribe (y se publica) lo que se puede, lo que se quiere, lo que las circunstancias propias o del mercado permiten… Mientras se haga desde la honestidad intelectual, todo lo demás sobra. De ahí que muchas de estas observaciones podrían no ser relevantes ni para los lectores, ni para los mediadores de lectura. Me conformo con debatir esa relevancia, generar preguntas. Es posible, también, que otro lector de Díaz Rönner (incluso la misma profesora, si viviera) abjurara de mis interpretaciones de su legado. Parafraseando un poco a Groucho Marx, éstas son mis interpretaciones, si no le gustan (y me permite entender por qué no le gustan), tendré otras. Por otra parte, huelga decirlo: si bien los argumentos pretenden ser objetivos, podrían estar subordinados al gusto personal de quien lo escribe. De carne somos.

Alejandro Alonso, 2016


Bibliografía mínima
Díaz Rönner, M. A. (2005). El Escenario de la literatura infantil. En M. A. Díaz Rönner, Cara y cruz de la literatura infantil. Buenos Aires, Argentina: Lugar Editorial.
Díaz Rönner, M. A. (2011). Literatura infantil: prácticas culturales de la servidumbre. En La aldea literaria de los niños: Problemas, ambigüedades, paradojas. Córdoba, Argentina: Comunicarte.

Notas
[i] No es consuelo, pero calculo que a Terry Eagleton (ver Una introducción a la teoría literaria, Fondo de Cultura Económica, México, 2012) le pasó lo mismo.
[ii] Dos ejemplos de esta práctica en Diario de un fantasma (Colihue Joven, Buenos Aires, 2013, pág. 18), y La cueva de las brujas Resto-Bar (Colihue, 2011, pág. 24). Aclaración obligada, desde el vamos queda claro que este último libro (apoyado por la Organización Panamericana de la Salud y la ASSAL) tiene un objetivo netamente utilitario en relación con la concientización de una alimentación saludable.
[iii] Se me perdonará aquí traer a colación una idea que viene del análisis de los medios periodísticos. El contrato de lectura es un concepto desarrollado localmente por el semiólogo Eliseo Verón: un pacto implícito entre los medios de comunicación y los destinatarios. “El estudio del contrato de lectura implica, en consecuencia, todos los aspectos de la construcción de un soporte de prensa, en la medida en que ellos construyen el nexo con el lector: coberturas, relaciones texto/imagen, modo de clasificación del material redactado (…) y las variaciones que se produzcan, modalidades de compaginación y todas las otras dimensiones que puedan contribuir a definir de modo específico los modos en que el soporte constituye el nexo con su lector”, define Verón en http://www.catedras.fsoc.uba.ar/delcoto/textos/veron_eliseo_analisis_del_contrato_de_lectura.pdf (consultado para este artículo en octubre, 2016). Lo hago aquí extensible, porque me resulta práctico y tal vez sin todo el rigor necesario, a la lectura de géneros como el policial y la ciencia-ficción. La idea es asimilar el soporte de prensa a los géneros mencionados.


 

 

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