Fantasmas inquietos que agitan la memoria

El universo de Las Casuarinas —el pueblo en el que Cristina Colombo eligió desplegar al menos dos de sus novelas juveniles— parece un lugar al que cualquiera quisiera regresar. Tanto en Un muerto espera en el claro del bosque (Colihue Joven, 2014, con ilustraciones de Oscar Capristo) como en Los fantasmas del Luxor (La Brujita de Papel, 2016, para su colección Los libros del ratón, con ilustraciones de María Lavezzi) tienen por protagonistas a grupos de chicos (abandonando el territorio seguro de la infancia para internarse en la adolescencia) que deben superar alguna prueba, ya sea en clave de policial negro, o en clave de aventura colectiva.

Sin apelar al sentimentalismo barato, Colombo intenta llevar a los jóvenes lectores a un mundo más tranquilo que el actual, aunque no menos movilizante. Imagino que en esto reside parte del encanto de Las Casuarinas y de las historias ambientadas allí, al menos para un adulto de la edad de quien suscribe, o mayor. ¿Les pasará lo mismo a los chicos? ¿Se engancharán con estas historias menos vertiginosas? La literatura infantil o juvenil debería ser capaz de conectar generaciones, del mismo modo que algunos clásicos nos conectan con ciudades, personajes y situaciones muy lejanas a nuestra experiencia cotidiana.

Tapa Los fantasmas del Luxor.inddEn el caso de Los fantasmas…, la obra más reciente de Colombo, la acción se enfoca en Franco, el narrador, y en sus amigos y familiares, luego de que llega al pueblo la noticia de que el ya vetusto cine del barrio, el Luxor, será vendido para que allí se instale un supermercado chino. Creo adivinar en esta historia ecos de Cinema Paradiso (la película de Giuseppe Tornatore de 1988), sin embargo, la autora niega esa influencia. “Más que con Cinema… creo que dialoga con las noticias que leo sobre cines que cierran aquí y allá, y el esfuerzo que hace la gente por mantenerlos abiertos. Con dinero habría comprado más de uno, pero como no tengo escribí el libro, para darme el gusto de salvar al Luxor, al que nadie podrá ponerle las manos encima porque lo digo YO”, afirma. No hace falta ir muy lejos para darse cuenta de que esa ola de cines de barrio en peligro (antes desplazados por los templos evangelistas, ahora por supermercados chinos, quién sabe qué será mañana) es en realidad un tifón que viene azotando desde hace varias décadas, de manera que Las Casuarinas podría ser Villa Urquiza, Parque Patricios, o Floresta, por nombrar tan sólo algunos barrios de la Ciudad de Buenos Aires.

Como docente o mediador de lectura es lícito preguntarse si esto que los protagonistas de Los fantasmas… viven como un drama será sentido del mismo modo por un chico de hoy. En una sociedad que no se cansa de promover el individualismo (el individuo aislado es permeable a los bolazos de la propaganda, el marketing, los extremismos) la liturgia compartida del cine de barrio asume una pátina de leyenda.

un-muerto-esperaTanto en Los fantasmas… como en Un muerto espera… la narración convoca a un amplio abanico de personajes, algunos memorables. La acción los ubica en múltiples situaciones y escenarios, de manera que, además, pueden mostrar múltiples facetas. Así, por ejemplo, el padre de Franco (el protagonista de Los fantasmas…) se muestra como un romántico incurable, un hombre de acción (no se engancha en cualquiera, pero cuando lo hace…), pero también como un apasionado de su equipo de fútbol. No es poca cosa viniendo de una obra “juvenil”, donde los padres y los adultos en general suelen ser retratados como achatados, pasados de moda, equivocados…

Colombo también deja espacio para esas cosquillas del alma que produce el amor adolescente (o simple metejón), con su irresistible carga de equívoco, de inocencia, de incomodidad. Claramente no se parece mucho a eso que hoy —por razones culturales o socioeconómicas— viven nuestros jóvenes. La modernidad se ha encargado de arrebatarles esa inocencia. Es posible que lo que Colombo transmite funcione de todos modos, tal vez del mismo modo que las historias de príncipes y princesas a cierta edad. No lo tengo claro.

Con todo, los valores que Colombo propone en este relato llegan mansamente, con humor, sin etiquetas morales. Al final, la historia se resuelve brillantemente, con poco y nada de moraleja y mucho de emoción.

La edición de Los fantasmas… que realizó La Brujita de Papel presenta varios yerros formales que no estropean la experiencia. Las ilustraciones de Lavezzi acompañan el texto, aunque a veces delatan ciertas resoluciones antes de tiempo. Si la colección Los libros del ratón sigue aportado por esta clase de historias capaces de conectar generaciones y si levantan la puntería a la hora de resolver las publicaciones, me dará gusto volver a leer sus obras.

Ya que empezamos mencionando Las Casuarinas, conviene volver sobre nuestros pasos y decir algo sobre Un muerto espera… La edición de Colihue es muy buena, y las estupendas ilustraciones de Capristo asumen un rol mucho más activo que lo que se puede ver en Los fantasmas… Una de las claves de estas dos novelas juveniles es el humor, y la elección de Capristo significa que este punto fue atendido acabadamente por Colihue.

Alejandro Alonso y Cristina Colombo en el stand de Colihue de la Feria del Libro.

Alejandro Alonso y Cristina Colombo en el stand de Colihue de la Feria del Libro.

Consultada para esta reseña sobre la posibilidad de que Un muerto espera… tuviera influencias de la película Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) o en la novela corta de Stephen King que sirvió de base (“El cuerpo”, incluido en uno de los tomos de Las cuatro estaciones, de 1982), Colombo me contó: “Nunca pensé en Cuenta conmigo. La película tiene un tono melancólico y hasta doloroso del que carece Un muerto espera… Allí el humor es un factor siempre presente”. Con todo, ese diálogo literario con la obra de Stephen King parece inevitable en mi caso. De hecho, cada lector lo asumirá a partir del propio repertorio de lecturas y películas vistas.

Esas películas, curiosamente, nos llevan de nuevo a Los fantasmas del Luxor y su carga emocional. La emoción parece estar siempre en el centro del relato y de la literatura, tal como la concibe la autora. “En cuanto a la Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) —confiesa Colombo—, si pienso en roles, recuerdo todo aquello que yo buscaba experimentar cuando leía de chica. Empatía, apasionamiento, interés, alegría, tristeza, curiosidad. Un deseo enorme de tragarme el mundo entero y de leer y volver a leer. El poder despertar todo eso en un chico, así es como yo concibo la LIJ”. La autora me contó que tiene en gateras otra novela (en fase de corrección, dijo) ambientada en Las Casuarinas. Con algunos personajes de uno y otro libro, “y algunos nuevos”. Habrá que estar atentos. Las Casuarinas, como dije, parece un lindo lugar para volver.

Alejandro Alonso, 2016

 

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