Silvia, la vengadora

silvia¿Cómo se hace, desde la literatura infantil o juvenil, para tomar posición sin bajar línea? ¿Cómo se hace para criticar sin escribir una diatriba? ¿Cómo se hace para hablar de la escuela sin ser complaciente con el lector escolar, o con los docentes? ¿Cómo se hace para que una narración tenga el sabor de lo confesional, de eso que se ha guardado íntimamente por mucho tiempo, y a la vez resulte universal?

Silvia Schujer responde estas preguntas en el ejercicio de su arte y de su oficio. Con Maleducada Schujer, o más bien su alter ego en la ficción, coloca bajo la lupa —de una forma inteligentemente pendular— la niña que fue y la adulta que es, arrastrando al foco impiadoso de esa lupa la sociedad de la década de 1960, el sistema educativo de entonces, la práctica docente, la cotidianeidad del compañerismo, y las victorias y derrotas de ese pequeño campo de batalla que es la escuela primaria.

maleducadaPara relatar esas pérdidas, revanchas, injusticias, y sus propias observaciones, eligió un vehículo módico pero poderoso: los cuentos. Uno por grado de la primaria. Este abordaje bien podría plantear para el escritor el equivalente literario a El día de la marmota (o Hechizo del tiempo, la película de 1993 protagonizada por Bill Murray). Al fin y al cabo, la escuela tiene mucho de rutinario, y una sucesión de cuentos podría terminar transformada en una repetición de esa rutina, con pequeños cambios en personajes y circunstancias. Bien, algo de eso hay en Maleducada, sin embargo —al igual que sucede en la película de Harold Ramis—, ese desafío también está superado, maravillosamente, con sensibilidad pero sin concesiones, dejando espacio incluso para que el lector tome partido.

Este último punto dispara otra pregunta: ¿Cómo interpretarán este libro esos lectores de 12 años o más (al menos ésta es la calificación que le da el sello editorial Loqueleo), que por un lado pueden sentir que la década de 1960 forma parte de un tiempo remoto, pero al mismo tiempo accesible a través de quienes hoy rondan las seis décadas (abuelos, mediadores de lectura, docentes…)?

Se lo preguntamos a la autora. “Definitivamente, para los lectores de Maleducada, la década del 60 es parte de la historia. De la historia viva, por decirlo de algún modo. Porque muchas de las cosas que se nombran, todavía dialogan con nosotros (y con ellos, claro). Y porque todavía los lectores pueden tener cerca personas (seres de su confianza) con quienes corroborar mis apreciaciones”. Schujer comenta que, mientras escribía estos cuentos, tuvo la sensación de que, a su edad, contar algo de la propia infancia era casi una crónica de época. “Y creo que fue eso lo que más me perturbó (el paso del tiempo), pero también lo que más entusiasmo me produjo. Porque tuve que obligarme a recordar. A recordar generalidades: barrios, paisajes, modos de comunicarse… Pero además —y sobre todo—- detalles: objetos, marcas, maneras de nombrar algunas cosas, peinados, caras, personas concretas. Intenso”.

“En los últimos años —cuenta— escribí dos `novelas históricas`: Un cuento de amor en mayo  (con los sucesos de 1810 como telón de fondo) y La moneda maravillosa (Tucumán de 1816). Tanto en un caso como en el otro necesité leer mucho acerca de la vida cotidiana en aquel tiempo y hacer, además, una lectura de los hechos históricos ideológicamente más interesante y menos escolarizada. Tuve que reponer con investigaciones y mucha imaginación, informaciones que me faltaban para narrar —de pronto— las acciones más simples: ¿Cómo se cerraban las puertas? ¿había llaves, pasadores, candados…?”

Pero en Maleducada, Schujer fue testigo. “Me gusta pensar que los lectores van a encontrar en estas historias, marcas de una época que no vivieron, donde aparecen cosas y personas que no llegaron a conocer pero que de algún modo registran y que yo —desde la propia experiencia— les puedo contar (dar cuenta). Historias donde se habla de chicos como ellos, pero con subjetividades muy diferentes en la medida en que el consumo y las comunicaciones —entre otras cuestiones— se desarrollaron a una velocidad de progresión geométrica. Y es que, en los últimos años, las cosas no sólo evolucionaron según ´modelos´ mejores o más modernos, como sucedía cuando de la heladera Siam se pasaba a la Philips, sino que cambiaron sus funciones, sus usos. Los teléfonos sacan fotos, dan la hora, alumbran, acompañan, nos vigilan”.

La autora comenta que, a veces, les pregunta a los chicos que visita en las escuelas: ¿Saben lo que es una máquina de escribir? “Y todos dicen que sí, pero les cuesta describirla. Una vez un pibe la definió perfectamente: es un teclado sin pantalla, dijo. Bien. Estas son las subjetividades (las del protagonismo de las pantallas) que encararán la lectura de Maleducada”.

Más preguntas. Preguntar comienza como ejercicio y termina siempre en vicio.

—¿Cómo te planteaste los “puentes” que permiten unir este tiempo y aquél?

—No me lo planteé. El puente soy yo. Soy la escritora que en los sesentas era una niña, una de las niñas de las que habla la ficción y, a la vez, soy la escritora que, mientras cuenta lo que recuerda, es contemporánea de sus lectores.

—En Buhonito´s Blog estamos muy tentados a preguntarte cuánto de autobiográfico hay en Maleducada, pero por otro lado nos negamos a hacerlo. Por eso reemplazamos esa pregunta por otra: ¿Cómo fueron surgiendo estas historias?

—En las ficciones nunca hay hechos reales, si se me permite. No obstante, las historias de Maleducada tienen base en fragmentos de algún suceso autobiográfico que el tamiz de la memoria capturó e interfirió, y que la ficción, definitivamente, reinventó.

“La primera historia que escribí de esta serie fue ´Curiosidades del reino animal´. De algún modo es el relato que menos se corresponde con el registro general del libro. Es mucho más desmesurado que el resto; más ´irrealista´, si se quiere. Pero fue el primero, el que marcó el rumbo, el que contiene la piedra fundamental que define al conjunto: cierta idea de venganza, en el mejor sentido; en lo que ´la venganza´ —en este caso a través de la denuncia que puede leerse en los cuentos— tiene de reparadora. Si afilo un poco esta idea diría que todo lo que escribo intenta reparar algo. Pero, en el caso particular de estos cuentos, la intención se me hace evidente. Te voy a contar cómo fueron algunas personas que me hicieron sufrir. Te voy a hablar de las hipocresías escolares tal como las viví y como las entiendo ahora. Voy a compartir con vos cómo se expresa en los hechos cotidianos el racismo, la intolerancia, el autoritarismo”.

Silvia Schujer en la Feria del Libro de 2015, con Alejandro Alonso.

—En estos tiempos de escrupulosa corrección política, y de extrema (casi chabacana) incorrección política, ¿cuáles son tus faros para no perder el equilibrio?

—Yo escribo lo que tengo ganas de escribir. Me lo publiquen o no. Porque, además, no todo lo que escribo pretende ser masivamente difundido. A esta altura, además, sé cuáles son las editoriales que aceptan y celebran mis textos más experimentales. Me gusta meterme en territorios desconocidos, me encanta experimentar con el lenguaje, con las formas, con los puntos de vista. A cada historia trato de darle lo que me pide.

Schujer asegura que siempre dice lo que le parece. Y admite: “Esto me proporciona amistades y enemistades. A las primeras, las disfruto y a las otras me las banco (y hasta las sufro, al menos hasta el momento en que las transformo en ficción). El buenismo a ultranza disfrazado de tolerantismo, ése que te deja bien parado con dios y con el diablo no es lo mío”.

—Nos llamó la atención el punto de vista, caracterizado por un vaivén entre la adulta de hoy y la alumna de entonces…

—A mí, la cuestión del punto de vista me determina. Incluso al punto de que,  hasta que no sé desde dónde debo contar lo que quiero contar, no puedo arrancar con la escritura. Si la pego con el punto de vista, el resto fluye. La de este libro es una extraña primera persona, porque por momentos es primera persona del singular y por momentos se asume plural: como un nosotros (nosotros los chicos, nosotros los alumnos). Un yo mayestático. Que el narrador parezca que soy yo (Silvia Schujer) o mis compañeros y yo (nosotros), a mí me ayudó a recordar y a los lectores, supongo, les provocará una curiosidad agregada. Una dosis de sana chismografía.

—¿Con qué libros te parece que “dialoga” Maleducada?

—No sé. Pero leo la pregunta y me viene a la cabeza un poema de Baldomero Fernández Moreno (“El aplazado”). Y algunos cuentos de Cortázar como “Después del almuerzo”, por ejemplo. O “Los venenos”. Me vienen a la mente, también, algunos cuentos de Abelardo Castillo, en especial “La madre de Ernesto” y “Conejo”. En cuanto al punto de vista, ahora que lo pienso, recuerdo La casa de los conejos, de Laura Alcoba, en esa mirada de la adulta que se esfuerza por recordar los detalles de aquello que pasaba a su alrededor y que no terminaba de comprender.

—¿Te gustaría ampliar ese universo, revisitando personajes, incursionando nuevamente en esos años de formación? ¿Te quedó algo en el tintero?

—No sé. No ahora. Tal vez revisite otros momentos de mi historia, pero más adelante.

Sólo cabe agregar que la edición de Loqueleo es sumamente cuidada (basta ver la estética propuesta desde cada uno de los puntos de ingreso para cada cuento), y existen algunos detalles del marketing editorial que redoblan la apuesta sobre el libro como objeto, algo que, desde ya, es de agradecer.

Alejandro Alonso, 2o16

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