El Sapo Encantado – Cap.11 – Del regreso triunfal de Atilio, y el tercer desafío

Ya se sabe que el caballo
es montura conveniente
para el bípedo valiente
(digo: un gaucho en alpargatas).
Mas si de montar se trata,
al batracio lo complica
que la silla no sea chica,
y que las riendas sean largas.

Por eso Atilio flamea,
se ahorca, choca, rebota.
Si parece una pelota,
balero, trompo, yo-yo.
Veinte veces se cayó,
y otras tantas, se ha subido.
Ya ni recuerda el destino,
la muñeca, o la misión.

De ahí que su arribo fuera
ramplón, descontracturado
(es decir: descoyuntado).
Y apenas cruzó la meta
con el caballo violeta,
Titina salió a su encuentro.
Le dijo, con aspaviento:
“Tenés el gusto estropeado”.

“¿No había un caballo blanco?
Negro, alazán, manchadito…
O esos potros rayaditos
que viven en la sabana
(en la sabana africana).
O un pony, que están de moda.
¡No teteras gordinflonas!”
“No había”, dijo el sapito.

Y se quedó mal, callado,
como un héroe incomprendido.
Pensar que había vencido
al gaucho calesitero,
que redimió a compañeros
de esa rueda aterradora…
Y le venían ahora
con que el color era feo.

Atilio no contó nada,
pero Titina entendió
y pronto se arrepintió
del reproche de colores.
Le pidió tres mil perdones,
y él se excusó sonriendo:
“Apenas voy aprendiendo,
a partir de mis errores”.

Titina le dio un abrazo,
y le dijo: “hay otra prueba”.
Dijo Atilio: “¿Cuántas quedan?”
Y Titina: “Sólo dos”.
Atilio: “¡Válgame Dios!
De haberlo sabido antes,
lo llamaba al tal Heracles
pa´ terminar la misión”.

Titina no se mosqueó
y le explicó lentamente
que el desafío siguiente
era encontrar un castillo.
Pues alquilar un altillo
no era cosa de princesas.
Ni se ha visto a la realeza
vivir en un conventillo.

Más que agotado, el sapito
enfrentó la gran ciudad.
Recorrió la vecindad,
mirando los edificios.
Vio que no eran castillos
habitados por princesas.
Y dudó: en una de esas,
no valía el sacrificio.

Pues si no había princesas,
la pretensión nobiliaria
sólo era imaginaria.
¡Qué fea la sensación
de no tener redención!
Mejor buscarla hasta el fin.
Se acordó del buen Merlín
y enfilo a la inmobiliaria.


Ésta es la novena parte de “El sapo encantado”, basado en la obra de teatro de títeres de Florencia Tabanera, adaptado por Alejandro Alonso.

Continuará…

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