El Sapo Encantado – Cap.12 – De paisano a príncipe, ida y vuelta

“Permiso, dijo un petiso.
Ando buscando un fortín
con foso al frente y jardín,
y tranquera de rastrillo.
Pa´ que me entienda: un castillo
de cincuenta habitaciones,
doce baños, diez balcones…
Algo que sea sencillo”.

“Un salón para que bailen
en las fiestas palaciegas.
Torres, pasillos, almenas,
murallas, patio y aljibe.
Techo e´tejas con declive,
por si viene la tormenta…
Y algún descuento en la renta,
que no es rico quien suscribe”.

El señor Mezquitacaño,
dueño de la inmobiliaria,
le pidió a la secretaria
que le trajera un café.
“Que sea mejor un té”,
terció Atilio, entonado.
“¡Pare el carro, atolondrado!
El café no es para usted”.

“Castillo, lo que se dice,
no me queda en existencia.
Mas si me tiene paciencia,
puedo mostrarle otra cosa:
una tapera vistosa
justo enfrente del pantano.
Algo digno del paisano.
Su residencia dichosa”.

Atilio sintió el desprecio,
y le respondió a su vez:
“Si un paisano es lo que ves,
ya te estás equivocando.
Voy mi princesa buscando
porque príncipe yo soy.
Y si de paisano estoy,
es pa´ no andar alardeando”.

“Salí de acá, mequetrefe”,
aulló Don Mezquitacaño.
“Andá mudarte a los caños,
que sinó se me desata
la furia de mi alpargata
y vas a volar sin viento.
No me hagás perder el tiempo,
que los minutos son plata”.

Y se fue el sapo encantado,
calentito hasta los dientes.
“¡Que me lo diga de frente!
¡Ser paisano no es vergüenza!”
Y mientras camina, piensa:
“No es de hombres basurear.
Indigna la dignidad,
si amerita por riqueza”.


Ésta es la duodécima parte de “El sapo encantado”, basado en la obra de teatro de títeres de Florencia Tabanera, adaptado por Alejandro Alonso.

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